Por qué este libro, y cómo acabó siendo un programa

De una consulta repetida a siete pasos, un cuaderno y un puñado de formatos

Diego Delgado Silvera 5 min de lectura
El camino del Alimento no empezó como un libro sobre qué comer, sino sobre por qué lo que sabemos no llega a sostenerse y por qué estamos tan desconectados del entorno y de la naturaleza, y cómo nos afecta. De ahí salieron los siete pasos, y de los siete pasos salieron el cuaderno, el programa acompañado y las actividades.

Casi nadie llega a consulta sin saber ya qué debería comer.

Esa frase parece una obviedad y no lo es. Si la gente llegara sin información, un libro con la información bastaría. Pero llegan sabiéndolo. Han leído, han probado, han seguido planes que funcionaron mientras duraron —o la mayoría de las veces no—. Lo que falta no es el dato.

Lo que falta es una dirección, un camino en el que los cambios se sostengan, y una razón para cada paso que resista al primer mal día.

El camino es el método

De ahí salieron los siete pasos, y de ahí que vayan en esa dirección y no en otra.

El primero no es una dieta: es distinguir lo que nutre de lo que solo llena. El segundo no llega hasta que el primero está integrado, y trabaja la digestión — porque muchos problemas que parecen de qué se come resultan ser de cómo se asimila. Después vienen la calidad de la sangre, la capacidad de depurar, el equilibrio energético, la armonía con el entorno, y por último usar la alimentación como herramienta y no como norma.

Ese último paso es el objetivo desde el principio: llegar a sostener el cambio sin que nadie lo supervise.

Cada paso se apoya en el anterior. Por eso no se avanza por calendario, sino por aprendizaje. Cuando un plan funciona tres semanas y luego se desinfla, no es cuestión de voluntad sino de falta de integración.

Por qué un libro no bastaba

Escrito el recorrido, apareció el problema evidente: un libro se lee solo, y un cambio de hábitos casi nunca.

Leer los siete pasos y entenderlos es una cosa. Recorrerlos es otra, y necesita algo que un libro no puede dar por sí mismo: saber dónde estás. De ahí el cuaderno de viaje, que no es un cuadernillo de deberes sino una bitácora. Su estructura es la de un viaje porque el recorrido lo es: preparación, embarque, ruta y llegada a puerto.

En el embarque pasa lo importante, y es lo que más se parece a una consulta real: descubres tu perfil, ves las rutas disponibles y eliges la tuya. No todo el mundo entra por el mismo paso. De ahí sale una hoja de ruta personalizada.

Y cada paso se recorre en cuatro movimientos, siempre los mismos: orientación —qué se trabaja aquí y por qué va aquí y no antes—, reflexión —qué te pasa a ti con eso, por escrito—, observación —qué ocurre cuando lo llevas a la práctica unos días— e integración —qué se queda, y qué hace falta repetir antes de seguir.

Los formatos vinieron después, y no al revés

Ninguno de los formatos se diseñó primero. Aparecieron porque el método los pedía.

El libro ordena el recorrido y lo explica entero. Sirve para leerlo de principio a fin y también para volver a un paso concreto cuando toca.

El programa de educación nutricional lo acompaña. Es el mismo recorrido, pero con alguien que ayuda a leer lo que va apareciendo y a decidir cuándo se pasa de paso. Aquí es donde el cuaderno deja de ser opcional.

La consulta lo adapta a un punto de partida concreto: historia, hábitos, digestión, objetivos. Es lo que permite decidir por dónde entrar, que aunque la vía básica es por el primer paso, puede variar según cada perfil.

Y las actividades —presentaciones, talleres, encuentros— existen porque lo grupal tiene la cualidad humana de sostener a los individuos, algo en franco retroceso en la actualidad. Lo que en grupo se sostiene, a solas se abandona. Mientras en una presentación el recorrido se cuenta, en un taller no se explica el libro, se practica: remedios, cocinar y componer platos, modificar actitudes, afianzar prácticas para sostener el camino de cada participante y apoyar la transformación.

Lo que este camino no promete

No promete rapidez. Es lento al principio, y por eso aguanta después.

Tampoco promete un plan que valga para todos, porque la única forma de que un cambio se sostenga sin supervisión es que la persona entienda por qué su cuerpo responde como responde. Eso no se delega.

Lo que sí promete es un camino, una dirección, una ruta. Sentir que estamos en la dirección apropiada para mejorar y desarrollar nuestro potencial, que es lo que hace que nos sintamos a gusto y en paz con nosotros mismos — un gran logro para los tiempos que corren.

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